Una mirada al tiempo, y su paso por el viento: Sábato
Alfonso Carlos Rosales Peluffo, Director de sala 30

Tengo 85 años y de pronto ocurren hechos que me destrozan, que me sumen en un dolor tan intenso que me imposibilita para este tipo de tareas. Usted sabe que Matilde, mi compañera desde hace 60 años, está muy enferma. Sabe que perdí un hijo hace un año y medio. Y en estos días otras cosas se han sumado, cosas terribles. No puedo, no puedo. Recibo 20 cartas por día que una querida amiga responde. Ocho, diez propuestas de entrevista." Sí, yo sé. Pero hace más de 15 años que usted dice que me dará una entrevista como premio a mi paciencia". "Bueno, sí, sí, sigo diciéndolo. Usted se va y alguna vez que venga la hacemos." Está bien, ¿cuándo? "Algún día, dentro de un año o dos, cuando yo esté menos dolorido. ¿Sabe que recibo diez invitaciones diarias para la televisión, y cada 15 ó 20 días propuestas para ir a Europa? Pero no puedo ir" -dice, y queda en silencio-. ¿Por qué no puede? "Imagínese que yo estuviera allá, tan lejos y a Matilde le pasara algo. ¿Se da cuenta de lo que le digo? ¿Lo entiende? Quiero saber si lo entiende. Si eso pasara yo no podría perdonármelo." Entonces, ¿la entrevista? "Otra vez será. Yo creo que hemos pasado las tres y las cuatro. Y tal vez las cinco preguntas, ¿no?
(La razón no existe para la existencia - Ernesto Sábato, reportaje concedido a BRECHA, 6-09-96)


La vida de Sábato es una de esas historias salidas de grandes novelas producto de las negligencias y el desarraigo de este siglo, como la de todos los hombres de hoy. Con un fin humano y sufrido, al igual que el de todos. Y con unos sueños que desde el cielo invocan una realidad del mundo, como los sueños de pocos. Sábato: Físico y matemático. En sus primeros tiempos vivió la segunda guerra mundial y la posguerra con total intensidad, comunista convencido, hasta cuando descubrió las atrocidades maquinadas por el Estalinismo, y decidió abandonar la lucha ideológica con un mal sabor de boca, y con un convencimiento pleno de la incapacidad de estas para remediar de forma cierta la armonía de los hombres. Se dedicó entonces a su carrera científica donde fue empleado en los laboratorios Curie, donde asistió a la ruptura del átomo de Uranio. Fue cuando contempló por primera vez y con la más descarnada claridad la carrera sin retrasos del hombre por alcanzar su autodestrucción. Abandonó su profesión de científico y se sumergió en una confusión terrible mientras escribía su primera novela: El Túnel. Se involucra entonces con una mujer rusa, deja marchar a su Matilde (esa de la que ahora habla y rehabla cuando alguien osa proponerle una entrevista o que se coma un par de naranjas) a la Argentina, ella esperando su primer hijo y él contemplando muy de cerca el Apocalipsis que con afán construyen los hombres. Esta época de crisis marcó la primera parte de su vida y le dieron el convencimiento de que pocas cosas tienen un total sentido en esta vida; entre esas cosas de verdad valorables para Sábato sólo queda presente Matilde, aquella que él a veces llama "la mujer bíblica", como todas, como muy pocas, aquella que aún lee sus primeros poemas, esos que nadie conoce y que algún día serán vendidas por grandes sumas sólo porque fueron las de un gran escritor perdido en el tiempo.